Cada mañana me levantaba
pensando en aquellas personas que no pueden o no pudieron salir adelante. Mi
historia comienza en un bus de camino a la universidad. Un joven sube y le dice
respetuosamente al conductor que si lo deja vender sus dulces. El chico tenía
los ojos claros, color gris y un cabello algo brillante y castaño. Vestía una
camiseta blanca un poco gastada y un pantalón verde. El conductor lo piensa tres veces y después
de respirar profundamente le dice que sí. El joven, tímido y noble, ofrece sus
dulces. Algunas de las personas ignoran su voz. Al terminar, pasa por cada
puesto pidiendo colaboración. Yo metí mi
mano al bolsillo y saqué unas cuantas monedas, no muchas. Después de dárselas
recibí un dulce por parte de él. Entonces el joven sonrió, dio un giro y
gritándole al conductor que frenara para bajarse, se despidió y se fue.
Yo me quedé observando por
la ventana y vi que un señor viejo y desgarbado, que usaba un bastón para
mantenerse en pie, le quitaba las monedas al joven. Me bajé del bus y fui
corriendo a decirle al señor que esas
monedas le correspondían a aquel joven. Después fui a buscar al chico por un
callejón algo despoblado y oscuro, pero eran casas muy lujosas. Estuve viendo
casa por casa, hasta que por una ventana reluciente vi el rostro de aquel joven
iluminado con una sonrisa. Estaba bien vestido y lucía feliz. Entonces me di
cuenta de la labor que aquel joven cumplía cada día.
LUIS EDUARDO VALENCIA
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